GUADALUPE, 14-17 MARZO

Llegaron el 14, viernes por la tarde, a Guadalupe, monasterio entonces en su apogeo, con más de 100 frailes. No sólo era centro de incesantes peregrinaciones, muchas de Portugal y también de toda Europa, sino que además era el hospital más famoso, y la mejor escuela de medicina, con médicos eminentes, a quienes pagaba “mejor que el rey”. Fue el primer lugar del mundo donde se comenzó a practicar la autopsia con autorización de la Santa Sede. Y poco antes, en 1442, Eugenio IV le concedió que pudiesen practicar la medicina y cirugía los frailes que no fuesen sacerdotes.

 

Estos doctos frailes con el prior, oído de caso de Inés, la hicieron entrar en el monasterio con sus acompañantes, examinaron su mano y diagnosticaron que no podía ser sino que así había nacido.

 

La llevaron ante el altar mayor de la Virgen, una imagen grande abajo (ahora ya ésta no existe, fue retirada en 1526), y otra más arriba pequeña, la original, y le preguntaron si se le había aparecido la de abajo. Contestó que no, que ni se parecía a ella. Luego le señalaron la de arriba, e Inés dijo que ciertamente era aquélla.

 

Le arguyeron que aquella imagen no estaba cubierta de oro ni tenía la cara reluciente como decía que a ella se la había aparecido. Pero Inés mantuvo que ciertamente ella la veía tan blanca y tan cubierta de oro como se le había aparecido, y ciertamente era la misma, que le parecía que estaba viva y que la miraba. Caso singular, que la vidente de Cubas viese así a la Virgen de Guadalupe, o que ésta tomase ante ella otro aspecto, con vida.

 

A continuación los frailes la llevaron a una habitación, sería para que pasase la noche, y la dejaron allí encerrada por fuera.

 

Cuando volvieron los frailes y otras personas le dijeron que mostrase la mano, y la encontraron totalmente sana y normal. La interrogaron si se le había aparecido la Virgen, o cómo había sido curada. Contestó que ni se le había aparecido la Virgen ni nadie le había hecho nada para despegarle la mano, ni sabía cómo se le había soltado la mano.

 

Uno de sus acompañantes, Andrés Ferrández, preguntó a los frailes cómo se le había despegado. Le respondieron que ellos no sabían nada.